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  OMAR ZÚÑIGA, REALIZADOR DE LOS HOMBRES Y EL RÍO

“Me parece muy bien que se genere lo que me parece la principal virtud de este cine chileno, de un tiempo a esta parte: que cada quien explora sus propios intereses”

     

Ch.I. ¿Por qué hacer un cortometraje sobre los hombres?

Omar
La idea partió como un intento de investigación acerca de los comportamientos masculinos en general. Los hombres tendemos a ser muy -no sé si “introvertido” es la palabra correcta- pero tendemos a omitir cosas, o a no decir cosas, o a no enfrentarnos a nuestros afectos de manera explícita o directa. Creo que eso es una ventaja más femenina. Siempre con estas omisiones medias torpes que cometemos, vamos guardando cosas que quedan tapadas, o que quedan ocultas. Como que toda la construcción teórica de este hombre del siglo XXI, que es más femenino, en igualdad de roles, etcétera, no es tan así en términos prácticos. Por lo menos en la cultura chilena, en particular. Entonces el corto trataba de investigar o de hacer un ejercicio en torno a estas emociones masculinas, que tienden a quedar en distintas superficies o capas y que son muy difíciles de explicitar. De alguna manera, fuerza la coincidencia de tres historias que en el fondo se debaten entre explicitar o no lo que es.
Y otro de los ejes que era para mí importante es hacer un intento de abordaje de la ciudad de Santiago, que para mí es una cosa que me interesa. He vivido aquí toda mi vida, entonces me interesa siempre explorar eso y hacer como una percepción visual de esta ciudad que no fuese romántica, o excesivamente colorida, o muy sudamericana. Es que en el fondo puede llegar a ser, o sea Santiago es, un poco todo… Siento que, de alguna manera, los abordajes visuales de la ciudad tienden a ser súper estereotipados hacia lo latino. En el cortometraje no está el romanticismo de barrios pequeños. Está una carretera que es muy fría, están los edificios a lo lejos y esta el río que era otro componente muy importante en la historia, que en el fondo articula estas tres historias dentro de la ciudad, que atraviesa la ciudad, y atraviesa las vidas de estos personajes.

Ch.I. Hay una cosa en la dirección de arte, en el uso de las locaciones y la puesta en cuadro súper asceta, súper limpia, la cámara casi no se mueve. Me imagino que eso tiene que ver algo con el tema también.

Omar Ahí entran a jugar una serie de cosas. A mí en particular me interesaba hacer un cortometraje que no juzgara a sus personajes de ninguna manera. Que los exhibiera en este momento de verdad sin decir está bien o está mal, sino que decir simplemente “es”. Pasa que una manera de llevar a cabo esa idea en términos visuales era precisamente este ascetismo en los planos fijos, o de encuadres muy bien medidos.
Por otra parte, dentro del corto aparece con una gran relevancia el uso de los espacios. Entonces con el fotógrafo inventamos un encuadre que es muy extendido, que es como de 3 a 1, para que pudieran caber más cosas en este plano. Esto permite una percepción de la ciudad y de los espacios mucho más amplia. En torno a lo que decías de cine independiente gringo, tiene un poco de ese tono el corto. A mí como referente me gusta muy particularmente del cine independiente norteamericano, creo que tiene varios ejemplos bastante interesantes. No hay una cita directa, pero sí creo que de alguna manera hay una influencia de ese tipo de visualidad.

Ch.I. ¿Y cómo surge el corto en términos de producción?

Omar
El cortometraje nació como mi proyecto de título de dirección audiovisual en la UC , y es compartido en equipo con Angie Zúñiga, que es la productora. De ahí se empieza armar un equipo con distintos componentes: amigos y personas más chicas de la escuela, etcétera. Mi escuela tiene una dinámica de práctica interna, donde hay unas ciertas horas de práctica que los estudiantes tienen que hacer en un proyecto de la propia escuela. Aparte, los actores son todos amigos míos, nadie ganó plata en el corto. O sea, se gastó mucha plata en producción, transporte, comida, pero en realidad las únicas personas pagadas eran el fotógrafo y el postproductor, que eran trabajos muy potentes y que creo que quedaron bien. El fotógrafo es Francisco Anwandter, que es amigo mío, fotógrafo y camarógrafo. Y el postproductor es Álvaro Asela, que es post productor de video. Y bueno, Cristián Aspée que entró casi al final. Con Cristián nos conocíamos desde principios de este año, trabajamos en un par de cosas juntos y yo lo obligué que fuera el productor ejecutivo. En términos muy prácticos, que en el fondo es ayudar a la distribución correcta, en los mercados adecuados.
Cuando empezamos a ver posible musicalización, contactamos a dos músicos que me gustan mucho, y que muy amablemente logramos un pacto para la cesión de derechos. Una es Cataratas, que es de Coiffeur, un cantautor argentino muy independiente que yo conozco porque lo he visto en Santiago y tengo sus discos. Tuvimos muy buena onda con la gente de sus sellos, lo pudimos hacer sin ningún problema, y se lo agradecimos mucho. También con Quemasucabeza, que es un sello chileno independiente que nos dejó ocupar una canción de Gepe: Los Barcos, que es de su segundo disco, que se llama Gepinto.
Todo el proceso fue como de cinco meses, y se ha visto en varias ventanas. Estuvo en el SANFIC, luego en Valdivia y ahora está en el canal de la Cámara de Diputados, lo cual es una ventana bastante extraña pero está entretenido porque lo puede ver la gente en cable y en Internet.


Ch.I. ¿Y qué opinas de lo que se está haciendo en cine en Chile?


Omar Yo trato en general de ser súper mateo con las películas chilenas, de verlas, ir al cine a verlas, de no sacarlas de Internet, del Consejo de Calificación Cinematográfica. Creo que se han hecho cosas muy buenas. A mí particularmente me gusta mucho el trabajo de Alicia Scherson, Play, y de Sebastián Lelio, La Sagrada Familia. Ahora están rodando sus segundas películas, y yo creo que van a ser buenas películas. También José Luis Torres Leiva. Lo otro también que me gusta es la apertura del espectro hacia películas que jamás pensamos que podrían ser, como Mirageman de Ernesto Díaz. Yo la ví en Valdivia y encuentro que es notable, una excelente película. Me parece muy bien que se haga ese tipo de películas, y que se hagan muy bien, y que tengan esa fe en sí mismas y una vehemencia propia y muy fresca. Muy buena y encuentro que le hace muy bien a la industria. También me gustó mucho Malta con Huevo, de Cristóbal Valderrama, en una línea muy cómica y muy pop, y está muy bien. Me parece muy bien que se genere lo que me parece la principal virtud de este cine chileno, de un tiempo a esta parte: que cada quien explora sus propios intereses. Uno podría decir que el cine argentino tiene un estilo muy determinado. No sé si es muy gratuita la observación, pero si yo pienso en cine argentino me imagino algo. Si pienso en el cine chileno me imagino un collage de distintas cosas, y eso me parece muy sano.

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